Cómo surge un podcaster

Una de las preguntas más recurrentes que nos hacen cuando somos niños es “qué queremos ser de grandes”, entre las respuestas más comunes encontramos: médico, ingeniero, bombero. En lo personal no he escuchado a ninguno niño mencionar esas profesiones, yo mismo quería practicar la lucha libre y, hoy en día, creo que ningún niño las tiene en su mente pues seguro las han cambiado por una sola: “youtuber”. Pero más allá de si en verdad alguno de nosotros mencionó a aquellas profesiones lo cierto es que a ningún papá se le ocurriría pensar: “mi hija quiere ser médico, la voy a llevar a un hospital para que vea una operación a corazón abierto”; lo más seguro es que si hiciera eso la niña se asustaría o imaginen a un niño al que se le rompe toda su ilusión al ver a las personas calcinadas. La respuesta que damos a esa pregunta cuando somos niños pasa como una ocurrencia porque de tomarse en serio quizá no habría más doctores, ingenieros o bomberos en el mundo.

Pero casualmente esa pregunta no desaparece de nuestra vida, incluso se vuelve más imperativa y se nos exige una respuesta cada vez más definitiva. Primero los padres van perfilando un tipo de educación con base en la escuela que elijan para nosotros, porque si está más inclinada a las artes o a las ciencias desarrollaremos afición o aversión hacia ellas. Luego vamos tomando un poco de conciencia de qué es lo que nos gusta y nosotros mismos nos vamos inclinando hacia ciertas lecturas, actividades e incluso amistades que nos parecen afines a lo que queremos ser “cuando seamos grandes”. Y llega el momento de la decisión: hay que escoger una carrera que a la larga se convertirá en nuestra profesión, nuestra identidad, nuestro futuro y es aquí donde aquella idea loca del padre llevando a su hijo frente a un incendio real cobra vida porque somos nosotros mismo quienes lo hacemos. Cuando llega el momento de decidir nuestra futura profesión no nos conocemos del todo, no sabemos qué otros intereses podríamos adquirir, qué otras habilidades podríamos desarrollar o cuáles no nacieron con nosotros (yo por ejemplo no tengo la habilidad de reparar algo con mis manos) y la educación que recibiremos no ayuda para estos descubrimientos porque todo el camino que recorreremos está dirigido a un solo lugar: ser médico, ingeniero, bombero. Todo parece indicar que la vida, la escuela, quienes nos rodean están ahí para exigirnos ser sólo una persona y nada más que esa persona.

Es verdad que la educación que se nos imparte, incluso si no nos equivocamos de carrera –a mí me sucedió– está estructurada de tal forma que sólo nos permite encontrar y utilizar un número determinado de intereses o talentos, ello es necesario para convertirnos en buenos administradores, sociólogos, arquitectos pero conforme vamos avanzando nos damos cuenta que hay mucho de nosotros mismos que no podemos compartir o desarrollar en el marco de lo que nos dedicamos. Pero ahí están esos intereses: nos gustan las películas de terror de serie B que nadie ha visto, nos gustan los manga japoneses que nadie entiende, nos gusta hablar de computadoras con palabras que nadie ha escuchado, nos gusta contar anécdotas de nuestro país que nadie conoce, conocemos estadísticas deportivas o anécdotas de grupos musicales que a nadie parece importarles, leemos autores desconocidos que sin embargo nos parecen genios, damos buenos consejos a nuestros amigos mientras compartimos una cerveza o se ríen de los chistes que se nos ocurren en el momento.

Conforme vamos creciendo y nos vamos conociendo un poco mejor, descubrimos que nos gustaría ser y hacer más de lo que la escuela y el trabajo nos permiten. Con su permiso, me pondré de ejemplo: yo estudié filosofía hasta el más alto grado académico al que se puede aspirar y en el camino me percaté que, dentro todo lo que se puede hacer en esta profesión, lo que más me gusta es dar clases, es decir, hablar; elegí esa carrera entre otras cosas porque me gusta leer y en el imaginario colectivo a quien le gusta leer le gusta escribir y ser “intelectual”, pero lo que siempre me ha gustado incluso antes que leer es ver películas, algunas me han ensañado más que los libros; si juntan el gusto por hablar e intercambiar opiniones con las películas de inmediato ya se están imaginando: los medios de comunicación son el lugar ideal de este compañero, pero no me gusta qué me digan de qué hablar, por cuánto tiempo hacerlo o dónde hacerlo… me gusta la libertad que tengo de para ligar ideas, libros, películas, experiencias mientras enseño. Pero resulta que sí he trabajado en la radio profesional de mi país y en televisoras locales en mi comunidad, es decir, he tenido la experiencia aunque sea de forma breve. Y le voy a añadir una más: no puedo arreglar nada con mis manos pero mientras los artefactos funcionen me encanta manipularlos: cámaras de video, grabadoras de audio, cámaras fotográficas, computadoras, software, como diría un conocido: me gusta aprender a manipular los fierros, en este caso, los que se ocupan para hacer un video, un audio, una imagen digital, etcétera.

A estas aficiones y habilidades que fui conociendo y desarrollando a lo largo del tiempo sólo le faltaba encontrarse con el último ingrediente: el podcast. Cuántos de nosotros no hemos hecho del podcasting el medio por el cual nos sentimos como si fuéramos nosotros mismos en verdad y no el que tiene que cumplir un horario, usar un uniforme, reportar a un jefe o sacrificar sus fines de semana para alcanzar alguna meta laboral. Espero que estén de acuerdo conmigo en que un podcaster nace cuando nos damos cuenta de la libertad que tenemos de ser con base en lo que nos gusta y no en lo que nos “obligaron” a aprender en la escuela o en el trabajo. Ser podcaster no implica ser periodista frutado o algo por el estilo, ser podcaster es tomar el riesgo que implica hablar de lo que uno quiere hablar, compartir lo que aparentemente ni a nuestras parejas, padres o hijos les importa como a nosotros, es tomar el riego de nos saber si habrá alguien del otro de los auriculares. Un podcaster surge cuando decidimos tomar nuestras habilidades, intereses y conocimientos más personales, ponerlas en un solo lugar y compartirlos con alguien más.

Se menciona mucho que una de las ventajas de los podcast es la libertad que te da hacerlos cuando quieras o puedas, pero ésta no sólo se limita a poder hacerlo a nuestro ritmo, con los mínimos recursos, sin las presiones de un trabajo; la auténtica libertad que nos ofrece el podcasting es compartir con otros una parte de nuestra personalidad que quizá estuvo escondida pero que hoy, gracias al podcasting, sabemos que sólo estaba a la espera del medio idóneo para salir a luz. La libertad que nos ofrece hacer un podcast es poder ser quién queremos ser, sorprender al mundo con nuestras ideas, con nuestras opiniones, gustos e intereses. Un podcaster surge cuando el podcast se convierte en el epicentro de sus gustos, habilidades e intereses y cuando le da clic al botón de REC para ser la persona que le gusta ser. Un podcaster surge cuando hace del podcast la expresión de su propia libertad.

Alberto Ruiz
Doctor en Filosofía
Conductor del Podcast Cine Autopsias

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